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La importancia de reabrir las escuelas de los Estados Unidos este otoño

La importancia de reabrir las escuelas de los Estados Unidos este otoño

En un momento en el que las familias y encargados de políticas públicas están tomando decisiones sobre el regreso a la escuela de los niños, es importante considerar todos los beneficios y riesgos de las opciones educativas, tanto presenciales como virtuales.  Los padres están preocupados acerca de la seguridad de sus hijos en la escuela en el marco del COVID-19, y es comprensible.  La mejor evidencia disponible indica que si los niños se infectan su probabilidad de tener síntomas graves es mucho más baja.[1],[2],[3] Los índices de fallecimientos en niños en edad escolar son mucho más bajos que los de los adultos.  En este sentido, los daños atribuidos al cierre de escuelas en términos de salud social, emocional y social, bienestar económico y éxito académico de los niños, tanto en el corto como en el largo plazo, son bien conocidos y significativos.  Más aún, el daño que produce la falta de opciones educativas presenciales en niños de familias de bajos ingresos y pertenecientes a minorías y en niños con discapacidades es desproporcionado.  Estos estudiantes tienen muchas menos posibilidades de tener acceso a instrucción y cuidado privados y dependen mucho más de los recursos que ofrecen las escuelas, como los programas de comidas, los servicios de educación especial, los servicios de consejería y los programas extracurriculares, para cubrir sus necesidades básicas de desarrollo.[4]

Más allá de su hogar, no hay ningún otro espacio que influya más en la salud y el bienestar de un niño que su escuela.  Estas son algunas de las ventajas de la escuela presencial:

  • ofrece instrucción educativa
  • propicia el desarrollo de habilidades sociales y emocionales
  • crea un entorno seguro para aprender
  • cubre las necesidades nutricionales y 
  • facilita la actividad física.

Ese documento describe cada una de estas funciones críticas, con un breve resumen de los estudios en curso sobre el COVID-19 y los niños.

El COVID-19 y los niños

Según la mejor evidencia científica disponible, el COVID-19 representa un riesgo relativamente bajo para niños en edad escolar.  Al parecer los niños tienen menor riesgo de infectarse por COVID-19 que los adultos.  Para aportar perspectiva, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), al 17 de julio del 2020 en los Estados Unidos, los niños y adolescentes menores de 18 años representan menos del 7 por ciento de los casos de COVID-19 y menos del 0.1 por ciento de las muertes relacionadas con el COVID-19.[5]  Si bien son poco frecuentes en términos relativos, todos los años se producen muertes en niños a causa de la influenza. De 2004-2005 a 2018-2019, las muertes relacionadas con la influenza en niños notificadas por los CDC en las temporadas regulares de influenza fueron entre 37 y 187.  Durante la pandemia de la influenza H1N1 (del 15 de abril del 2009 al 2 de octubre del 2010), se notificaron 358 fallecimientos de pacientes pediátricos a los CDC. Hasta el momento en el curso de esta pandemia, los casos de muerte de niños son menos que en cada una de las últimas cinco temporadas de influenza, con un total de solo 64. Asimismo, es importante recordar que algunos niños con ciertas afecciones subyacentes corren mayor riesgo de enfermarse gravemente a causa del COVID-19.*

Los estudios científicos sugieren que la transmisión del COVID-19 entre niños en las escuelas podría ser baja.  Hay estudios internacionales que evaluaron cómo la propagación del COVID-19 en escuelas también conlleva niveles de transmisión bajos si la transmisión en la comunidad es baja.  Con base en los datos actuales, la tasa de infección entre los niños más pequeños en edad escolar y de transmisión de estudiantes a maestros ha sido baja, especialmente si se toman las precauciones adecuadas.  También se han notificado pocos casos de niños como fuente inicial de transmisión de COVID-19 entre sus familiares.[6],[7],[8]  Esto concuerda con los datos de las pruebas de detección tanto virales como de anticuerpos, lo que sugiere que los niños no son los principales vectores en la propagación del COVID-19 en escuelas ni en la comunidad.[9],[10],[11]  No hay ningún estudio que sea concluyente, pero la evidencia disponible da motivos para considerar que la escuela presencial protege los intereses de los estudiantes, especialmente en el contexto de las medidas de mitigación que corresponden, similares a las implementadas en lugares de trabajo de infraestructuras esenciales.

Instrucción educativa

Un cierre de escuelas prolongado es perjudicial para los niños.  Puede generar pérdidas importantes en el aprendizaje, y la necesidad de instrucción presencial es especialmente importante para los estudiantes con más necesidades conductuales.[12],[13]  Después del cierre masivo de escuelas en marzo del 2020 a causa del COVID-19, el aprendizaje de contenidos académicos se desaceleró en el caso de la mayoría de los niños y en algunos casos los niños directamente dejaron de aprender.  Según una encuesta del Center on Reinventing Public Education de la Universidad de Washington a 477 distritos escolares, "hay demasiadas escuelas que están dejando el aprendizaje a merced de lo que ocurra".[13]  Solo uno de cada tres distritos escolares exigía que sus maestros dieran clases, tuvieran un registro de la participación de sus estudiantes o monitorearan el progreso de todos los estudiantes, y las probabilidades de que se dieran dichas condiciones se duplicaban en los distritos escolares en zonas de más altos ingresos que en los distritos de bajos ingresos.[13]

También sabemos que, para muchos estudiantes, las suspensiones prolongadas en la educación presencial perjudican su aprendizaje.  Por ejemplo, los efectos de los recesos de verano en el progreso académico, conocidos como "summer slide" (olvidos de verano), están bien documentados en la bibliografía.  Según la Northwest Evaluation Association, en el verano posterior al tercer grado, los estudiantes pierden casi un 20 por ciento de lo aprendido durante el año escolar en lectura y un 27 por ciento de las competencias en matemática.[14] En el verano que sigue al séptimo grado, los estudiantes olvidan en promedio un 39 por ciento de sus competencias de lectura adquiridas durante el año y un 50 por ciento de sus competencias en matemática.[14]  Esto indica que las pérdidas en el aprendizaje son importantes y se vuelven incluso más altas a medida que los estudiantes avanzan en la trayectoria escolar.  La posibilidad de perder varios meses de escuela presencial, y no algunas semanas por las vacaciones de verano, debido al cierre de escuelas probablemente agrave esta pérdida de competencias aprendidas.

Las desigualdades en los resultados educativos ocasionadas por los cierres de escuelas son particularmente preocupantes en estudiantes de familias de bajos ingresos o de minorías y en estudiantes con discapacidades.  Muchas familias de bajos ingresos no tienen la capacidad de propiciar la educación a distancia (porque tienen acceso limitado o no tienen acceso a computadoras o Internet), y posiblemente dependan de los servicios que prestan las escuelas para el éxito académico de sus hijos.  Un estudio de las universidades de Brown y Harvard evaluó a 800 000 estudiantes en el uso de Zearn, un programa de enseñanza de matemática en línea, tanto antes como después del cierre de escuelas en marzo del 2020.[15]  Según los datos obtenidos, hasta fines de abril el progreso de los estudiantes en matemática bajó aproximadamente a la mitad, con un impacto negativo más pronunciado en los vecindarios de bajos ingresos.[15]  Las brechas persistentes en los logros académicos que existían antes del COVID-19, como las desigualdades según los niveles de ingresos y entre las diferentes razas, pueden empeorar y ocasionar un daño grave y difícil de reparar en términos de resultados educativos de los niños.[15],[16]  Por último, el aprendizaje remoto dificulta la absorción de información para los estudiantes con discapacidades, retrasos en el desarrollo y otras discapacidades cognitivas.  En particular, los estudiantes sordos o hipoacúsicos, con problemas de la vista, ciegos o con trastornos de aprendizaje (por ejemplo, trastorno por déficit de atención e hiperactividad [TDAH]) y otras discapacidades mentales y físicas han tenido grandes dificultades con la educación remota.[17]

Desarrollo de habilidades sociales y emocionales

Las escuelas tienen un rol fundamental en el desarrollo integral de un niño, no solo en sus logros académicos.  Además de ofrecer una estructura para el aprendizaje, las escuelas son un entorno estable y seguro para el desarrollo de habilidades sociales y relaciones con sus pares.  La interacción social entre niños en la escuela, de prekínder a 12.º grado, es particularmente importante para el desarrollo de competencias lingüísticas, de comunicación, habilidades sociales, emocionales y de relaciones interpersonales.[18]

Los cierres prolongados de escuelas son perjudiciales para el desarrollo de las habilidades sociales y emocionales de los niños.  Las interacciones sociales importantes para el desarrollo de habilidades sociales y emocionales críticas se ven muy limitadas si los estudiantes no pueden asistir a la escuela física.  En un entorno presencial, los niños aprenden más fácilmente a generar y mantener amistades, a comportarse en grupos y a interactuar y forjar relaciones con personas que no pertenecen a su familia.  Además, en la escuela los estudiantes tienen acceso a sistemas de apoyo que son importantes para reconocer y controlar sus emociones, establecer y alcanzar metas positivas, aprender a respetar otros puntos de vista y tomar decisiones responsables.  Esto ayuda a reforzar la sensación de conexión de los niños en la escuela y la seguridad de que ellos y su bienestar son importantes para los maestros y otros adultos de la escuela.  Estos contactos presenciales de rutina ofrecen oportunidades para facilitar el desarrollo socioafectivo y son difíciles, si no imposibles, de replicar a través de la educación a distancia.[18],[19],[20]

Además, los cierres prolongados pueden ser perjudiciales para la salud mental y pueden aumentar la probabilidad de que los niños adopten comportamientos poco saludables.  Un entorno en el que los estudiantes se sienten seguros y conectados, como una escuela, está asociado a menores niveles de depresión, pensamientos suicidas, ansiedad social y actividad sexual, así como a niveles más altos de autoestima y mayor capacidad de adaptación en el uso de su tiempo libre.[19],[20]  Según un estudio longitudinal entre 476 adolescentes a lo largo de 3 años, a partir de 6.º grado, la conexión que propicia la escuela es una herramienta de protección particularmente importante de quienes tienen menos conexiones en otras áreas de su vida como en casa, y reduce su probabilidad de consumo de sustancias.[20]  

Incluso, una revisión de estudios realizados durante pandemias dan cuenta de una relación importante entre la extensión de la cuarentena y los síntomas de trastorno de estrés postraumático, los comportamientos evasivos y la ira.  Según otro informe publicado este año, los niveles de estrés postraumático en niños y padres en cuarentena se cuadruplicaron en relación con quienes no habían estado en cuarentena.[21],[22]

La escuela presencial ofrece a los niños acceso a diversos servicios sociales y de salud mental, incluidas terapia del habla y terapia física y ocupacional para contribuir al bienestar físico, psicológico y académico del niño.[23], [24],[25],[26]  Más aun, los consejeros escolares están capacitados en cuestiones de salud mental en niños y adolescentes y pueden reconocer signos de trauma que los cuidadores principales quizá no puedan ver porque ellos mismos están sufriendo el mismo estrés familiar.  Los consejeros escolares pueden coordinar con los maestros para implementar intervenciones y ofrecer a los niños un espacio de seguridad para que recuperen la sensación de orden, seguridad y normalidad.

Sin la posibilidad de asistir a la escuela, muchos niños pueden perder acceso a estos servicios importantes.  Por ejemplo, sabemos que, incluso fuera del contexto de cierres de escuelas, por lo general los niños no reciben el tratamiento de salud mental que necesitan.  Se estima que entre los niños de 9 a 17 años, el 21 por ciento, lo que supone más de 14 millones de niños, sufre algún tipo de trastorno de salud mental.[27]  Sin embargo solo el 16 por ciento de esos niños recibe algún tipo de tratamiento.[23]  De ellos, entre el 70 y el 80 por ciento recibía ese tratamiento en su escuela.[23]  Los cierres de escuelas pueden afectar particularmente a los 7.4 millones de niños estadounidenses que sufren de trastornos emocionales graves.  Para quienes tiene una afección mental, conductual o emocional diagnosticable que interfiere de manera sustancial o limita su desempeño en sociedad, las escuelas tienen un rol fundamental a la hora de vincularlos a la atención y los servicios de apoyo que necesitan.

Los niños con discapacidades intelectuales o físicas acceden a casi todas las terapias y servicios a través de las escuelas.  Es difícil prestar estos servicios vitales a través de modelos de clases a distancia.  Como consecuencia, hay más niños con discapacidades que recibieron menos servicios, o ninguno, durante el periodo en el que las escuelas permanecieron cerradas.

La seguridad

Los cierres de escuelas por periodos prolongados privan a los niños que viven en hogares y vecindarios no seguros de una capa de protección importante contra el abuso físico, sexual y el maltrato y abuso emocionales.  Según un informe del Departamento de Salud y Servicios Humanos del 2018, los maestros y otro personal educativo fueron los responsables de más de un quinto de las denuncias de casos de abuso infantil, más que cualquier otra categoría de denunciante.[28]  Sin embargo, durante el cierre de las escuelas a causa del COVID-19, se produjo una reducción pronunciada de las denuncias de posible maltrato, pero trágicamente se observó un aumento notable en la evidencia de abuso en los niños evaluados por servicios sociales.  Por ejemplo, la Agencia de Servicios del Niño y la Familia de Washington, D.C. registró una reducción del 62 por ciento en llamadas para denunciar abuso infantil entre mediados de marzo y abril del 2020, en relación con el mismo periodo del 2019, pero observó presentaciones de casos más graves de abuso infantil en salas de emergencia.[29]  Los niños que viven en un hogar o vecindario en los que existen situaciones de abuso, violencia o abandono, pero que no asisten físicamente a la escuela, no pueden acceder a profesionales capacitados en condiciones de identificar rápidamente signos de trauma y brindar el apoyo y la orientación necesarios.[30],[31],[32],[33],[34]

Nutrición

Los cierres prolongados de escuelas pueden ser perjudiciales para la salud nutricional de los niños.  Las escuelas son fundamentales a la hora de cubrir las necesidades nutricionales de los niños, muchos de quienes consumen hasta la mitad de sus calorías diarias en la escuela.  En todo el país, hay más de 30 millones de niños que forman parte del Programa Nacional de Almuerzos Escolares y casi 15 millones participan del Programa Escolar de Desayunos.[35],[36]  Para los niños de familias de bajos ingresos, las comidas en la escuela son una fuente fundamental de alimentación saludable y asequible.  Si bien las escuelas implementaron estrategias para dar continuidad a los servicios de comidas en los periodos de cierre de escuelas, es difícil mantener este tipo de programa de nutrición a lo largo de un periodo prolongado.  Este problema es especialmente grave para los aproximadamente 11 millones de niños en los Estados Unidos que sufren inseguridad alimentaria.

Actividad física

Cuando las escuelas están cerradas, los niños pierden acceso a oportunidades importantes de hacer actividad física.  Es posible que muchos niños no hagan suficiente actividad física fuera del contexto del programa de educación física (PE, por sus siglas en inglés) en la escuela y otras actividades escolares.  Más allá de la PE, con las escuelas cerradas, es posible que los niños no tengan suficientes oportunidades de participar de sesiones de actividad física seguras y organizadas.  También pierden acceso a otras actividades físicas propiciadas por las escuelas como el recreo, las interacciones en el aula y los programas extracurriculares.

La pérdida de oportunidades de realizar actividad física a raíz de los cierres de escuelas, especialmente combinada con una nutrición deteriorada, puede ser especialmente perjudicial para los niños.  La inactividad física, sumada a una nutrición pobre en los niños, suponen factores de riesgo sustanciales de obesidad infantil y otras afecciones crónicas.  Más del 75 por ciento de los niños y adolescentes en los Estados Unidos no realiza el nivel diario recomendado de actividad física (60 minutos o más), y casi la mitad supera las 2 horas al día de hábitos sedentarios.  Según los modelos predictivos actuales, la tasa de obesidad infantil podría aumenta en un 2.4 por ciento si se prolonga el cierre de las escuelas hasta diciembre del 2020.[37],[38],[39]

Conclusión

Las escuelas son una parte importante de la infraestructura de nuestras comunidades, ya que ofrecen un entorno seguro que favorece el aprendizaje para los estudiantes, emplean a maestros y otro personal y permiten que los padres, tutores y cuidadores trabajen.  Además las escuelas prestan servicios críticos que ayudan a cubrir las necesidades de los niños y las familias, especialmente los de grupos más vulnerables, porque propician el desarrollo de habilidades sociales y emocionales, ofrecen un entorno seguro para aprender, identifican y abordan casos de abandono y abuso, cubren necesidades nutricionales y facilitan la posibilidad de realizar actividad física.  Los cierres de escuelas interrumpen el acceso a la educación presencial y a servicios críticos para los niños y las familias, y esto tiene un impacto negativo con consecuencias individuales y para la sociedad.  La mejor evidencia científica disponible de países que abrieron sus escuelas indica que el COVID-19 supone riesgos bajos para los niños en edad escolar, al menos en áreas con baja transmisión en la comunidad, y sugiere que es poco probable que los niños sean fuentes importantes de propagación del virus.  Reabrir las escuelas crea la oportunidad de invertir en la educación, el bienestar y el futuro de uno de los activos más importantes de los Estados Unidos: nuestros niños, sin que esto implique olvidar todas las precauciones necesarias para proteger a los estudiantes, maestros, empleados y a sus familias.

**Algunos niños han presentado síndrome inflamatorio multisistémico (MIS-C) después de la exposición al SARS-CoV2 (el virus que causa el COVID-19). ((https://www.cdc.gov/mis-c/cases/index.html)  Sin embargo, en un estudio de vigilancia orientado sobre MIS-C asociado al SARS-CoV-2, la mayoría de los niños hospitalizados por MIS-C relacionado con COVID-19 (70 por ciento) se había recuperado hacia el final del periodo del estudio. (Feldstein LR et al.. Multisystem Inflammatory Syndrome in US Children and Adolescents. N Engl J Med. 2020;10.11/NEJMoa2021680)

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Última actualización: 23 de jul. del 2020